Opinión

La demolición sería amnistía para tantos culpables

Camino agreste, despoblado. Polvo arenoso y silencio. El miedo y la cautela atravesaban la ruta y ocupaban un asiento en el vehículo. Siempre la astucia de un informante podía detener el vehículo, importunar con preguntas, insinuaciones, aunque conociera   perfectamente el motivo y destino del viaje. El propósito era amedrentar y demostrar que nadie escapaba del ojo avizor y omnímodo del dueño del territorio. 

Interminable la travesía, aunque la ilusión del encuentro atenuaba la ansiedad.  El primer atisbo de la columna verde del edificio, entusiasmaba. Ahí, en esa  cárcel, estaban secuestradas la rebeldía y la conjura, el atrevimiento. Ahí estaban los caprichos del tirano y esa manera de degradar extorsionando. Además de los presos comunes, condenados por asesinatos, robos, estupros, estafas, estaban los presos políticos. 

El aval para la privación de la libertad, para los golpes, heridas, amenazas, era la sospecha, la sedición denunciada. También las sentencias condenatorias luego de procesos penales con apariencia de legalidad para justificar el abuso. Para muchos el traslado a la Penitenciaria La Victoria se convertía en purgatorio después de salir amarrados, naturalmente, del infierno existente en los centros de torturas ubicados en Nigua, en el kilómetro 9 y en la 40. 

La cárcel fue construida respetando los parámetros de la arquitectura penitenciaria de la época. Inaugurada  el 16 de agosto del año 1952, cuando Héctor Bienvenido Trujillo Molina se investía como presidente de la República. “El jefe” pretendía demostrar, con la inauguración del penal, que la satrapía respetaba los derechos humanos y del mismo modo ratificar que en el país existía alternancia en el poder. 

El pudor obligó el silencio, pero después del 30 de mayo el rumor divulgó el padecimiento de decenas de presos políticos. Durante el efímero gobierno de Héctor García Godoy se designó una “Comisión encargada de la revisión de las cárceles para eliminar las torturas, los prebostes, las solitarias.” 

Hoy la historia es distinta, muy distinta. Empero, el horror necesita constancia. Los presos políticos que sobrevivieron después de la tiranía y de los 12 años, sufrieron inenarrables torturas practicadas en espacios que desaparecieron. La escuela que pretende validar la impunidad con el olvido, permitió la eliminación de esos sitios de oprobio. Algunos destruidos otros camuflados.  

La inauguración de “La Nueva Victoria” ha provocado declaraciones que piden demoler la antigua edificación. La demolición sería amnistía para tantos culpables. 

La incansable Directora del Museo Memorial de la Resistencia, Luisa de Peña Díaz, cree posible habilitar   alguna parte de la infraestructura para Museo de la Memoria. Algo similar a lo creado en el antiguo Casino de Oficiales de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada -ESMA- en Buenos Aires. En el periodo 1976-1983 el espacio era el centro de tortura y escarnio, de muerte y ahora es posible comprobar la barbarie. 

Pruebas hay y muchas. Aunque todavía muchos callan. Julio Escoto Santana, pidió-1994- a sus compañeros de lucha e infortunio compartir sus vivencias, en las cárceles trujillistas incluyendo La Victoria. El luchador antitrujillista, víctima de la insania del régimen, publicó, 24 años después, el crudo relato de su padecer junto a sus camaradas. El pionero fue Tomás Báez Díaz -1986- con “En las Garras del Terror.”  

La inexistencia de la infraestructura del horror conspira contra el recuerdo. La idea de demoler el último resquicio del abuso, lugar donde los seres humanos se transformaron y vencieron la degradación, el sadismo, no puede esfumarse. Los esfuerzos oficiales para la recuperación de la memoria han quedado truncos. José Rafael Lantigua, durante su gestión como Ministro de Cultura intentó, con esmero, el rescate. Su prudencia y apego a la historia, jamás develarán inconvenientes y menos los manejos de las bastardías heroicas que siempre obstaculizan realizaciones. 

Repetir que la violencia no conmueve ni espanta, ni concita respaldo, es necedad necesaria. La opción ha sido contemporizar con sádicos simpáticos, sombríos personajes expertos en tumefacción, maestros del foete y el ultraje. Es la impunidad del despotismo. Nostalgia de la indignidad. Para contrarrestar el hábito, la constancia del horror es necesaria 

JPM

FUENTE: https://almomento.net

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