Opinión

Un discurso que reveló más de lo que el Presidente dijo

El discurso pronunciado por el presidente Luis Abinader el pasado 8 de octubre concentró toda atención del país.  Como se esperaba, el presidente dispuso el retiro de todos los impuestos que días antes se habían sometido al Congreso Nacional anexos al Presupuesto General del Estado. Las reacciones inmediatas fueron de aceptación y alivio. En la reacción publica resonó con prolongado eco la frase, “el presidente puso el oído en el corazón del pueblo”.

El concepto global de la presentación del presidente fue trabajado para conectar de manera emocional y efectiva con un público ansioso y expectante. Si nos aproximamos a un análisis crítico de cualquier discurso podemos afirmar que el mensaje no siempre está en todo lo que se dice sino también en lo que se revela o se trata de ocultar.  El discurso se construye con palabras; el mensaje, además de las palabras, hay que buscarlo en los gestos, en las pausas suspensivas, en los silencios, en las inflexiones, en los accesorios escénicos, en el orden temático, en sutiles inferencias y hasta en sugestivos suspiros.

Pocos analistas apreciaron que el discurso del presidente Abinader fue una reacción reveladora y personalísima, un resabio, un furibundo desahogo, un preámbulo exculpatorio para reparar una falla que le estaba creando una tormenta preocupante.   Perseguir con tenacidad y firmeza la corrupción, emprender esfuerzos para desarticular los mecanismos que sostienen la impunidad y disponer de todos los recursos necesarios para institucionalizar y organizar el Estado, es lo que todos esperamos y queremos.

Sin embargo, los anuncios, por incendiarios y avasalladores no son más que eso, anuncios que al final lo que hacen es politizar los procesos, restarle calidad y hacer menos creíbles las acciones concretas que ponen en marcha la justicia de manera efectiva.  Lejos de lo que se piensa, estos resabios de tribunas, especialmente cuando lo hace el presidente, no favorecen  la credibilidad de los procesos judiciales y devienen en demagogia populista y en confrontaciones partidarias que aportan poco a la aplicación de la justicia.

Proceder judicialmente, recuperar bienes expropiados del Estado y hacer una reparación moral de los manejos públicos, son acciones   atendibles y correctas que merecen el apoyo de todos. Pero no es prometedor cuando el momento de reparar errores propios se usa para presentar como excusas los errores ajenos. Hacer resonar con mayor eco el ruido del circo es quitarle seriedad y politizar esfuerzos que deben dirigirse a combatir la endémica corrupción que nos ha azotado por siglos.

Así el presidente va a conseguir muchos y resonantes aplausos, pero muy pocos resultados. Las pasiones y los aspavientos de circo tienden a nublar la marcha de cualquier proceso normal de justicia. En su discurso el presidente ganó reconocimiento por su “duro carácter” para denunciar con desbordada locuacidad la abominable corrupción peledeista, pero le dio un tinte político partidarista al proceso que indiscutiblemente debe llevarse a cabo desde su gobierno contra la corrupción y la impunidad.

Nadie discute   que deben ponerse en marcha todos los mecanismos legales de lugar en procura de hacer brillar la justicia.  El combate a la corrupción está más allá de resabios retóricos coyunturales y de fintas oportunistas para salirse de las cuerdas.  La corrupción nuestra es sistémica, opera en redes y contubernios, medra en el tejido social y se ha convertido en toda una cultura, sobrevive a los discursos y se burla de los ímpetus personalizados. Se mueve tanto en el sector público como en el privado.

El presidente Abinader tiene una gran oportunidad de adecentar el ejercicio del poder desde el Estado. Pienso que tiene las intenciones de dar el buen ejemplo y es, en términos de atributos personales y de coyuntura política, quien   tiene la mejor oportunidad para hacerlo. La clave está en el discernimiento que él pueda emplear para zafarse de las trampas que con tanta sutileza se tejen desde el poder y en las que comúnmente tienden a caer los gobernantes nuestros.

El personalismo presidencial y el sectarismo partidario y clientelar constituyen uno de los enredos más recurrentes en el que suelen quedar atrapados nuestros gobernantes.   Oportuno es distinguir entre la codificación literal del discurso y los mensajes inferenciales que pueden desprenderse del mismo. Se hizo todo lo posible por no admitir que el motivo principal de la alocución era una enmienda, la reparación de una falla propia, de una pifia, pero todo devino en resabio y excusa.

El discurso fue elaborado para buscar culpables afuera y para atenuar en lo posible la gravedad de la falla cometida dentro. Esto en el momento puede parecer políticamente conveniente.  Conforme a la lógica con la que reaccionan nuestros pueblos, el personalismo parece ser   buen sucedáneo, sobre todo, en tiempo de crisis. Aunque sabemos que el gobierno suele tomar la impronta y el estilo de quien lo preside, hay que cuidar que el personalismo desborde la buena marcha del avance institucional.

Diversos analistas coinciden en que el discurso –por su coordinación gestual, por su ritmo y desborde emocional en su parte política– fue escrito directa e intencionalmente por el presidente, que dejó expreso en esta parte de manera lúcida lo que es y lo que siente. El talante mesiánico, tan funesto para nuestra historia, suele hacer asomos en estas circunstancias y tenemos de pronto gobernantes que atropellan los mecanismos institucionales para intentar sellar con su personalismo providencial las grietas recurrentes de nuestra maltrecha democracia.

El peligro está en que desde el poder la persona que lo ejerce, lejos de buscar transformarse, lo que busca es que lo consientan y lo acepten, que lo magnifiquen y que lo aprueben. En términos cualitativos y políticos el gobernante debe buscar transformarse en el ente que el pueblo necesita. No se trata de personalizar el gobierno, sino de personalizar y al mismo tiempo encarnar las aspiraciones más sentida del pueblo.

El presidente Leonel Fernández, afortunado sucesor de un liderazgo irrepetible en la historia dominicana (Bosh, Balaguer Peña Gómez), tuvo una oportunidad de oro para enrumbar a la República Dominicana por los senderos de la institucionalidad, el orden y el desarrollo social y humano, pero optó por la personalización de su reino apoyando la hipertrofia de su yo en los vicios que medran alrededor del poder político. Estos son autoritarismo clientelismo, corrupción, tráfico de influencias, nepotismo, entre otros.

Danilo Medina denunciado y reparando leoninos contratos de explotación minera como el de la Barry Gold, saltando charcos y doblando el lomo para avanzar entre alambradas y malezas gozó por varios años de holgada popularidad. Más tarde, Odebreth y otros escándalos se encargaron de mostrar el lado oscuro de su gestión gubernamental y pusieron de relieve un personalismo que contagió toda su administración y que terminó haciéndole daño a su liderazgo, a su partido y a todo el país.

Aquí tenemos gobiernos de personalismos y claques. Estos funcionan por contubernios y alianzas no suscrita. La claque le interesa radicalizarse y concentrar su fuerza, y el presidente, acomodado en su personalismo, comienza a actuar en consecuencia, de ahí en adelante todo está permitido y el presidente mejor intencionado termina siendo una desgracia, una dolorosa decepción, un fracaso.

Si el presidente busca mantenerse en la burbuja del populismo va a cometer muchos y graves errores. El presidente Abinader consiguió aplausos descalificando con fiereza al PLD, un partido en el que muchos de sus miembros se corrompieron y él tiene la responsabilidad de facilitar todos los mecanismos que hagan posible la aplicación de justicia. Pero esto no debe ser motivo para encender una confrontación partidaria en medio de una crisis como la que vivimos, en momentos cruciales en los que se necesitan fortalecer la gobernanza.

El populismo es material gastable, es decoración festiva y pasajera, al populismo siempre hay que vestirlo con trajes nuevos, necesita maquillistas, tramoyas y libretistas entretenidos y febriles; los cambios necesitan planificadores, pensadores de largo alcance, estrategas, futuristas y visionarios, técnicos capaces y políticos competentes y responsables.

Cuando el presidente Abinader abordó el tema político, pocos advirtieron que el mensaje anunciaba que el personalismo estaba de regreso, que el concepto de independencia de los poderes se puso en cuestión. Luis Abinader no puede suponer que va a gobernar sobre la burbuja populista del momento. El presidente prometió un cambio, y el cambio no puede producirse en medio de un triunfalismo gubernamental en el que todos se estén celebrando y diciéndose a sí mismos que ellos son los mejores.

En medio de esta coyuntura histórica, en medio de esta muy especial situación de crisis le toca el turno de gobernar el licenciado Luis Abinader.   El presidente debe evitar caer en la trampa del personalismo, en esas redes que parecen que   manos siniestras vienen tejiendo a través del tiempo, y en las que caen enredados de manera inevitable todos los presentes dominicanos.

Solo con una visión con propósito y una nueva metodología que transforme voluntades y modele nuevos comportamientos podremos salir hacia adelante. Con todo, creo que Luis Abinader está a tiempo y tiene las condiciones para emprender y realizar ese gobierno paradigmático y ejemplar que hemos soñado los dominicanos. Él quiere, pero necesita la ayuda de los mejores, que no siempre son los que mejor se acomodan cuando están en las proximidades de quienes detentan el poder.

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FUENTE: https://almomento.net

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